Ella nunca dijo no

Tremulo ambar,
enfundado en los muslos lacerados,
confiado colmillo de zafiro,
incrustado en mis ojos desterrados.

Quise girar y verte en blanco
la apetecible levedad que hay en tus labios,
mi verdugo, tu firme mano,
me regresa a mi estado confinado.

Ardiente ruby,
fría esmeralda,
cada gema de tu dedos me desgarra,
hundé el alma esquiva que me llena
del naufragio, del desvelo.

Enciende la hoguera de obsidiana,
que sea el vacío de tu ausencia
quién consuma el poco claro de mis ojos,
enciende lento, desnuda el fuego,
convierte el llanto en más silencios.

Jamás dijiste que no.



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