T.O.C.

Daba gusto verlos formados, esperando pacientes su turno, como se había dispuesto desde que todo comenzó.

Atento, esperando desde la pared de enfrente, Sergio les miraba con recelo... más que eso, con el incipiente ardor que genera la adrenalina alojado en la mandíbula. No sabía por cuanto tiempo había tenido que esperar ya.

Minutos.
Horas.
Semanas.
Años.

La voz en su oído le dictaba órdenes incompensibles, como si salieran de una lengua ajena a su cultura, todo parecía un chasquido y rechinar de dientes y huesos.

Miró por cuarta vez su reloj, el regalo perfecto para el esposo perfecto, eso decía la envoltura, había al menos una ironía en aquella frase. En verdad, ya no sabía el tiempo que había pasado. La voz le reclamó la distracción. Un súbito espasmo le recorrió la espalda, como si los hilos del titiritero cósmico que controlaba su vida le hubieran obligado a enderezar su arqueada columna.

Espabiló su mente y dejando de lado las distracciones fútiles se encaminó hacia la fila. Podía sentir el frío metal en su mano, oculto en el bolsillo del saco, con el justo espacio para jugar con él y quitar el cosquilleo de mostrarlo antes de llegar al interior.

La voz en su oído se hacía más chirriante, cada vez más imperiosa, pero igual de incomprensible.

Un hombre jóven, más bien jovial, ataviado en una túnica blanca le hace el saludo de cortesía, Sergio ya no tiene tiempo para esas formalidades, la ansiedad le quema y el metal en su mano se siente cada vez más pesado. Coloca el pedazo de papel sobre el mostrador, el hombre tras de este primero se inclina para distinguir, despúes, en una maniobra un tanto descuidada levanta las manos sin pensarlo, es casi como una reacción.

Ese titiritero cósmico se aprovecha de un cambio brusco en el volúmen de la voz que sigue alojada en su oído y el trozo metálico que parece tener vida propia impulsa su mano fuera del saco, no al reves, como Sergio hubiera querido. El movimiento es tan obtuso que todo parece suceder al mismo tiempo.

El metal hace un ruido sordo sobre el mostrador.
La túnica blanca se tiñe en carmesí.
La mano - ahora libre - de Sergio toma el frasco.

...

- Que compró?
- Fluoxetina. Puta! Me tire el jarabe en la bata!

...

- Amor? Entonces compras la cena?
- Si, claro, estoy en camino.

Sergio mira su reloj, el regalo perfecto para el esposo perfecto, eso decía la envoltura.

- Me cae que si!

Para ti, sólo por que si.

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