Siempre hay que sembrar
Un gran maestro decidió hacer del desierto un bosque.
Una noche, tras entrar en una meditación profunda, su espíritu abandonó su cuerpo, tomando en su mano la semilla mágica que había encontrado en lo alto de la montaña sagrada comenzó su viaje.
La semilla contenía gran poder, a la luz del sol mostraba colores imposibles, aquella luz alumbró el camino del maestro.
Sobrevolando los cielos - el viaje astral así lo permite -, buscaba el momento oportuno, el lugar exacto donde dejar aquella espléndida semilla, pero no acostumbrado a tales travesias, el maestro se dejó llevar por una corriente de aire, y en medio de su lucha por recuperar control soltó la semilla, que se posó sobre el techo de la última choza del pueblo colindante a su destino.
Minado por el esfuerzo, el espíritu del maestro regresó a su cuerpo, quien abrumado por su fracaso se retiró a lo alto de la montaña sagrada, esperando encontrar una nueva semilla. A su llegada, los sabios le dijeron que una semilla así se presentaba sólo una vez en la vida de un hombre, por lo que era necesario que otro maestro de gran poder subiera aquella montaña.
Destrozado, el maestro se quedó en la montaña, alejado de los sabios, alejado de todo.
Sucedió, que al día siguiente, un ave se posó sobre aquel tejado en que la semilla había ido a dar, atraído por los destellos, el ave decidió no desperdiciar aquel manjar y engulló la semilla. Justo después alzó su vuelo de vuelta al oasis en que vivía en medio del desierto, en el camino, impulsado por su naturaleza, el ave excretó.
Dicen quienes así lo vieron, que un bosque se extendió desde aquella vieja aldea y que terminó en el oasis donde al ave moraba.
Cuando los sabios supieron de ello buscaron a áquel gran maestro para decirle que su esfuerzo había fructificado, más nunca le hallaron.
El siguiente hombre que llegó a la montaña venía del norte, al llegar le dijo a los sabios que en su camino encontró a un hombre desdichado que contaba con amargura su fracaso al tratar de sembrar su semilla en este mundo.
A mi abuelo...
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Now playing: Enanitos Verdes - Creo
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Una noche, tras entrar en una meditación profunda, su espíritu abandonó su cuerpo, tomando en su mano la semilla mágica que había encontrado en lo alto de la montaña sagrada comenzó su viaje.
La semilla contenía gran poder, a la luz del sol mostraba colores imposibles, aquella luz alumbró el camino del maestro.
Sobrevolando los cielos - el viaje astral así lo permite -, buscaba el momento oportuno, el lugar exacto donde dejar aquella espléndida semilla, pero no acostumbrado a tales travesias, el maestro se dejó llevar por una corriente de aire, y en medio de su lucha por recuperar control soltó la semilla, que se posó sobre el techo de la última choza del pueblo colindante a su destino.
Minado por el esfuerzo, el espíritu del maestro regresó a su cuerpo, quien abrumado por su fracaso se retiró a lo alto de la montaña sagrada, esperando encontrar una nueva semilla. A su llegada, los sabios le dijeron que una semilla así se presentaba sólo una vez en la vida de un hombre, por lo que era necesario que otro maestro de gran poder subiera aquella montaña.
Destrozado, el maestro se quedó en la montaña, alejado de los sabios, alejado de todo.
Sucedió, que al día siguiente, un ave se posó sobre aquel tejado en que la semilla había ido a dar, atraído por los destellos, el ave decidió no desperdiciar aquel manjar y engulló la semilla. Justo después alzó su vuelo de vuelta al oasis en que vivía en medio del desierto, en el camino, impulsado por su naturaleza, el ave excretó.
Dicen quienes así lo vieron, que un bosque se extendió desde aquella vieja aldea y que terminó en el oasis donde al ave moraba.
Cuando los sabios supieron de ello buscaron a áquel gran maestro para decirle que su esfuerzo había fructificado, más nunca le hallaron.
El siguiente hombre que llegó a la montaña venía del norte, al llegar le dijo a los sabios que en su camino encontró a un hombre desdichado que contaba con amargura su fracaso al tratar de sembrar su semilla en este mundo.
A mi abuelo...
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